“EL BURGO DEL FONDO”

Situación, extensión y clima

En el primer descanso de las bravías aguas del Alto Alberche, donde las estribaciones de Gredos se vuelven menos agrestes y el clima continental quiere ser más benigno, en aquellos rellanos de la envejecida serranía abulense se alza, tras siglos de búsqueda de su propio destino, la noble capital del Concejo del Burgo que, adquiere con los años el significativo topónimo que hoy ostenta: Burgohondo, el Burgo del Fondo, Santa María del Burgo, Sante Marie de Fundo y otras tantas posibilidades que el paso de los siglos quiso emplear en su apodo.

Su término municipal ocupa en la actualidad una superficie de 55,4 km2, entre las Parameras de Ávila y la Sierra de Gredos, y el casco urbano se sitúa a 852 m. sobre el nivel del mar. En su término se encuentra el Mojón Cimero, con 1934 m., uno de los vértices más elevados de la comarca.

Historia

Al adentrarnos en la historia, debemos empezar anotando que, a pesar de los diversos indicios que apuntan hacia uno u otro lado, no resulta fácil determinar el origen de las poblaciones que conformaron la vieja plaza fortificada de Burgohondo.

Los antiguos pueblos celtas, los vettones, dejaron la herencia de su civilización en algunos castros cercanos. Sin duda llevaron a pastar sus ganados a las verdes laderas que se abren por doquier entre los peñascos de la sierra, entre las gargantas. Pero la cultura ganadera de aquellas primeras civilizaciones del Alberche apenas llega hasta el presente enmarcada en algunas tradiciones populares. Seguramente la más significativa sea la vaquilla de san Sebastián, a quien se edificó una ermita, que ya no queda, cuya fiesta reviste elementos del acervo cultural y antropológico de primer orden.

También los romanos atravesaron los puertos naturales de Gredos con sus antiguas calzadas, pero no parece que les llegara a interesar este espacio intermedio como residencia, sino más bien como lugar de paso en busca de mejores campos para la excavación del mineral de los que le ofrecían estas viejas formaciones de granito berroqueño.

Parece más probable asignar a los pueblos germánicos o visigodos la condición de primeros pobladores estables del valle, aglomerados con los llamados mozárabes, que pudieron erigir algún tipo de eremitorio para algunos santones, que pervivieron incluso durante la dominación musulmana. Si damos por bueno que fue Alfonso VI quien fundara la abadía de Santa María entre 1085 y 1109, no resulta difícil concluir que lo hace sobre una base poblacional visigoda y mozárabe que, a pesar del control militar de los diversos reinos musulmanes, habrían permanecido más o menos aislados entre los peñascos en que se alzan los pueblos de la Tierra del Burgo. Ello explicaría el apremio del rey por instalar un centro de poder que fortaleciera el control cristiano sobre el territorio una vez dado el salto a Toledo en 1085.

 

Patrimonio monumental

El real monasterio de Santa María (siglo XI) ha llegado hasta la actualidad, recio, noble, austero, poblado de singulares historias y leyendas que jalonan su vida, nueve veces centenaria. Su fábrica románica se completa con un claustro semiarruinado y una esbelta torre del siglo XVI, y se decora con numerosos escudos nobiliarios que colocan, sobre piedra o madera, sus numerosos benefactores. En otro tiempo, fueron abades insignes Juan Dávila y Arias, hermano de leche del príncipe don Juan, primogénito de los Reyes Católicos, que yace junto a él en el monasterio de Santo Tomás de Ávila; Melchor Pérez de Arteaga; el cardenal Gabriel Trejo y Paniagua o el obispo Diego de Arce y Reinoso, entre otros. El propio Lorenzo de Cepeda, tío de santa Teresa, es prior en Burgohondo en tiempos del abad don Juan.

Junto a estos, en Burgohondo se dan cita una larga lista de personajes que hicieron de este cenobio un centro de poder ciertamente notable, favorecido por los reyes de Castilla, muy singularmente por Alfonso VI, y luego por Felipe II y por su hijo Felipe III. También los papas, como Alejandro VI, León X o Pío IV, concedieron mercedes y privilegios a los moradores del monasterio, en numerosas ocasiones para confirmar su jurisdicción sobre las localidades del entorno.

En el siglo XIV, la jurisdicción de la abadía llega a su máxima expresión, con el cobro de los diezmos de la mayoría de los pueblos de la Sierra de Gredos, desde Cebreros, El Barraco y El Tiemblo, hasta Piedrahíta, pasando por Mombeltrán, Piedralaves o La Adrada, donde se atiende el culto a la Virgen de la Yedra, venerada desde antiguo en Burgohondo, en cuyo solar se apareció, según cuenta la leyenda, cerca de la garganta que toma su nombre. Con el tiempo también construirán las iglesias de buena parte de los pueblos que hoy lo rodean, y en los que nombran párrocos y capellanes hasta el siglo XIX: Navaluenga, Navarredondilla, Navalacruz, Navatalgordo, Navaquesera, Navalosa, Hoyocasero, Navarrevisca; así como en los desaparecidos de Navalvao o Los Santos, entre otros.

El Concejo del Burgo (Siglo XIII). Sin duda, el hecho más significativo que determina el destino de Burgohondo y su comarca tiene lugar en 1275 con ocasión de la concesión del privilegio de heredamiento que da origen a la erección del Concejo del Burgo en el alfoz de la ciudad y Tierra de Ávila.

El sábado día 1 de junio de 1275, los abulenses don Fortún Aliam, don Yañego y don Mateos visitan la aldea del Burgo del Fondo en nombre del rey Alfonso X. Los tres caballeros encontraron un pueblo lleno de pinares y de gran montaña, sin posibilidad de espacios para labrar y, de acuerdo a las disposiciones del rey, otorgaron a los omes buenos de aquel lugar una carta y privilegio de heredamiento en el término de la ciudad de Ávila, sobre los lugares de Navamuñoz, Navalosa, Navatalgordo, Navalvao, Navasantamaría, Navaluenga, Valdebruna, Navasalmillán, Navandrinal y las Emillyzas. Estas primeras aldeas constituyen el territorio original del Concejo del Burgo, cuya jurisdicción confirmarán los sucesivos reyes castellanos.

La capital del Concejo se establece en la población que ha surgido en torno a la propia abadía de Santa María, por lo que, en un mismo espacio, conviven, no sin cierta dificultad, una institución civil, el Concejo y Universidad de la Tierra del Burgo, y otra eclesiástica, de patronazgo regio, la Real Colegiata de Santa María. El Concejo del Burgo ha llegado a nosotros en forma de un vasto territorio que hoy ocupan las nueve navas, cuya resonancia tiene su eco en los escudos constitucionales de algunos de sus antiguos lugares, como el de Hoyocasero y el del propio Burgohondo, en forma de nueve roeles, en un acertado intento de consolidar una cierta unidad que, tal vez nunca debió romperse.

También queda en pie el edificio del archivo del Concejo, del siglo XIII, de factura gótica y arcos apuntados, casi olvidado entre las casas del barrio de San Roque. Han llegado hasta nosotros las actas de sus deliberaciones. No hace mucho, se descubrió en una de ellas, concretamente de la reunión del Concejo del 19 de febrero de 1542, la petición que Alonso Herrandes dirige a la propia Institución, congregada en las casas que tenía por costumbre. Este vecino de Navaluenga, en nombre de los moradores de su pueblo, solicita permiso para construir un puente sobre el río Alberche y cierto terreno para conseguir las rentas necesarias para erigirlo. Todavía se conserva el magnífico puente que corta desde entonces las aguas del río a la altura de la vecina Navaluenga, como también otras muchas obras que se fueron constituyendo mediante la intervención, más o menos directa, de los omnes buenos de este Concejo.

El ayuntamiento actual fue levantado a mediados del siglo XVIII, durante el reinado de Carlos III, cuando ya se había consumado la segregación de los diferentes lugares del Concejo.

Junto a las nobles construcciones de Burgohondo, no debemos olvidar la fascinante sinagoga medieval (siglo XV), hoy tornada ermita de la Vera Cruz, o de los Judíos, que conserva la memoria de los hijos del pueblo de Israel que convivieron durante siglos con las poblaciones autóctonas del valle del Alberche. Su presencia nos habla de una cierta riqueza y de un desarrollo más o menos importante en torno a la poderosa abadía de Santa María.

Junto a la ermita de san Roque, se reparten por el pueblo otras construcciones nobles, blasonadas con escudos familiares, que se entremezclan con las viviendas tradicionales de la sierra en cuya fábrica también se prefiere la piedra berroqueña.

Patrimonio natural

El paraje natural no puede ser más apacible. En él se combinan las tonalidades de las encinas y los pinos resineros de los cerros más escarpados, con los suaves verdes de los fresnos, chopos y los alisos de las riberas del río y de las numerosas gargantas que surcan la sierra. Corretean en los pinares las ardillas, las perdices, los jabalíes, las comadrejas y los conejos, bajo el atento vuelo de los milanos, los aguiluchos y, algunas veces, también de los buitres que anidan en el barraqueño Valle de Iruelas. Las nutrias, las comadrejas, los patos salvajes y los galápagos pueblan las partes bajas del valle; mientras que en el Alberche y sus afluentes se dejan ver, esquivas, algunas truchas, que conviven en armonía con los barbos, las bogas, los cachos y los gobios.

Ocio

El río Alberche y sus márgenes, con numerosas y bien preparadas zonas de baño y servicios, es uno de los principales espacios de ocio de Burgohondo, donde se puede practicar todo tipo de deportes y artes de pesca. A ello se unen la celebración de las tradiciones más arraigadas de la cultura popular serrana y las numerosas actividades que organizan tanto el ayuntamiento como las diversas asociaciones locales.

Pero, sobre todo, el que llega a Burgohondo puede sentirse afortunado al poder contemplar en todo su esplendor la singular naturalezadel valle. Las alternativas se vuelven cada día más numerosas, recorriendo a pie o a caballo las diversas rutas que cortan la sierra y te acercan a los desperdigados caseríos que, hace muchos años, fueron refugio para los pastores de Burgohondo. Hoy aquellas Umbrías han quedado casi como un homenaje a la vida rural que se resiste a ser absorbida por la vorágine de las grandes ciudades: Bajondillo, Fuente Buena, La Cendra, Las Tórdigas, Los Palancares, de Arriba y de Abajo, y muchos más, que -tal vez por suerte- no llegaron a consolidarse como municipios en el repartimiento del Concejo del Burgo que se inició en los primeros años del siglo XIX.

Recursos económicos

Cerca de las aguas del río, se cultivan algunos productos selectos, que dan a Burgohondo fama internacional, como sus codiciados melocotones, con los que se elaboran los sabrosos orejones. Se puede citar también una buena relación de frutas, hortalizas y verduras, como higos, nueces y castañas, escarolas y borrajas, tomates, judías y pimientos.

No es menos importante la ganadería del municipio, con abundantes explotaciones, tanto intensivas como extensivas. Se crían terneras de raza avileña para la carne; campean por el campo corderos y cabritos, en un recuerdo casi mágico de la vieja cultura pastoril, que no olvida los quesos y las cuajadas acompañadas de miel o membrillo de producción artesanal. En los pajares y leñeras se engordan los cerdos, que se convierten en los protagonistas indiscutibles de la matanza, singular fiesta de la familia serrana para el tiempo en que se empiezan a sentir los primeros fríos del final del otoño y los primeros días del invierno.

Junto a la agricultura y la ganadería, el municipio cuenta con diversas empresas de industria y servicios, con un gran sector de la población activa que de una u otra manera relaciona su medio de vida con la construcción.

Gastronomía

Los productos de la tierra llegan a la mesa de una cocina tradicional burgondeña de primer orden, en que se elaboran las conocidas patatas revolconas, con sus torreznos, las sopas de ajo, los fréjoles mojinos, o la caldereta de cordero, acompañadas de sabrosas aceitunas y regadas con los mejores caldos de la tierra, cuya producción, incluso en el marco de un receso general de la agricultura tradicional, se consolida y fortalece. Se sirven chuletones de ternera avileña, que tan buen reconocimiento tienen en la mesa del viajero. Los jamones, chorizos y salchichones, pero también el mondongo y las magras, recién asadas en la lumbre baja de encina, encuentran el espacio genuino en el contexto de una gastronomía que ofrece otros muchos atractivos.

El ciclo festivo

El patrimonio cultural burgondeño se completa con la referencia al ciclo festivo en el que se envuelve el Concejo a lo largo del año. La conmemoración del martirio de san Sebastián, que agrupa a los cofrades los primeros días del año, conserva, quizás, los elementos antropológicos más interesantes, sobre todo por la presencia de la mencionada vaquilla, como referencia mágica al mal, que hunde sus raíces en la primitiva cultura pagana. La víspera del Corpus arden las hogueras que purifican el pueblo y le dan un aroma intenso a tomillo y a espliego. En Semana Santa se representa la Pasión del Señor y el Via Crucis. En torno a san Antonio, el 13 de junio, y a san Roque, el 16 de agosto, alrededor de su ermita, se organizan también diferentes y bulliciosos festejos, que llevan el título genérico de fiestas de verano. Pero, sin duda, se reserva un espacio privilegiado para la fiesta en torno a la Virgen de agosto, el día 15, y al Cristo de la Luz, el tercer domingo de septiembre: ronda en los morales de la abadía, carrancles y chirimías, toros y toreros, que se encuentran en el marco de un coso natural privilegiado y hacen las delicias de jóvenes y mayores durante un buen puñado de días.

Por todo ello, al llegar a Burgohondo, a uno le da la sensación de que se sumerge en un paraje de ensueño, entre rústicas construcciones del tipismo alberchino, cargado de historia, en el que puede toparse con algunos de los más interesantes edificios medievales, con gentes alegres que han querido conservar muchos de los rasgos más genuinos de la cultura popular. Burgohondo es capaz de cautivar al más osado, asombrado de sus incomparables parajes naturales, inmerso en sus fiestas y tradiciones, sus múltiples posibilidades para el descanso y el ocio, seducido por sus leyendas y consejas que un día se transmitieron, casi en un susurro, entre los chispoteos de la lumbre baja en el hogar castellano.

Burgohondo, 22 de septiembre de 2006

J. A. Calvo Gómez, “Burgohondo”. AAVV. El Alberche, un valle por descubrir. Ávila 2006, 7- 26.  www.santamariadelburgo.com